En 1986, Monterrey debutó como sede mundialista desde una condición completamente distinta a la actual: era una capital industrial que apenas comenzaba a transformarse.
No existía el Paseo Santa Lucía y la icónica Fundidora, donde en hoy se ubica el parque del mismo nombre, recién cerraba su etapa como complejo siderúrgico. Como referencia, la Avenida Paseo de los Leones apenas topaba en el cuarto sector de la Colonia Cumbres.
Cuarenta años después, la Sultana del Norte vuelve a ser sede del evento deportivo más importante del mundo, ahora en uno de los estadios más modernos de Latinoamérica.
En ambos extremos de esa línea temporal aparecen dos figuras que, desde lugares distintos, lideraron la operación de la sede. En 1986, el encargado de esa tarea fue Hernán Garza, empresario y promotor deportivo. En la Copa Mundial de la FIFA 2026™ ese rol recae en Alejandro Hütt, profesional de la industrial del deporte y el entretenimiento.
Distinta temporalidad, otras herramientas y un mismo propósito: que Monterrey se luzca en el Mundial.
Memorias del 86
Para entender la magnitud del reto en 1986, hay que volver a un Monterrey que no se reconocería en su versión actual. Por aquellos años, se extendía horizontalmente, con la mitad de los poco más de 5 millones de habitantes que reporta el INEGI, actualmente.
La telefonía móvil no existía para uso público. Internet, redes sociales o sistemas de monitoreo en tiempo real no formaban parte del lenguaje operativo. Había no más de 4 mil habitaciones de hotel, contra las 18 mil que se reportan hoy en día.
Como promotor del deporte y artífice de espectáculos masivos, Hernán Garza no dudó en dar el sí cuando lo invitaron a liderar la logística para los ocho partidos que se jugaron entre el Estadio Universitario y el Estadio Tecnológico, que ya no existe.
“Siempre me ha gustado la organización de eventos deportivos, y por tratarse de un evento tan relevante como era la Copa del Mundo me despertó mucho interés, porque siempre he sido un gran aficionado al fútbol, desde niño lo practiqué”, señala el director general del Abierto GNP Seguros.

Desde su perspectiva, el inicio no estuvo marcado por el miedo. “Cero temores”, resume sobre su llegada al encargo de la sede. La prioridad no era anticipar todo lo que podía salir mal, sino construir un equipo capaz de resolverlo.
“Venían selecciones de primer nivel como Inglaterra, Polonia, Portugal, Marruecos, Alemania y México”, dice.
El staff que conformó, dice, fue determinante para llegar a buen puerto.
“Fue excelente. Muy productivo. Todo se hizo con entusiasmo. Eso nos permitió que las cosas salieran bien, en todos los aspectos”, dice.
Algunas selecciones no se alojaban en la ciudad y debían ser trasladadas diariamente a Coahuila. “Portugal se quedó en Saltillo, Inglaterra también, y entrenaban en Arteaga y San Antonio de las Alazanas, y había que moverlos”, recuerda Hernán.

El movimiento constante de equipos, árbitros y delegaciones exigía una coordinación casi artesanal. No había sistemas centralizados de seguimiento ni optimización de rutas en tiempo real. Había planificación, contacto directo y resolución diaria. Incluso los temores propios de la época tenían un carácter distinto.
La presencia de Inglaterra traía consigo la preocupación por los llamados “hooligans”, un fenómeno que generaba atención internacional. Sin embargo, el resultado final fue otro. “Había cierto temor porque Inglaterra iba a jugar aquí, pero no pasó nada”, señala.
La presencia de Inglaterra traía consigo la preocupación por los llamados “hooligans”, hinchas británicos que solían provocar disturbios dentro y fuera de los estadios. “Pero no pasó nada”, señala.
La ciudad también construía su propia narrativa alrededor del torneo. La convivencia con las selecciones no estaba limitada a los estadios. “Se hizo una fiesta de bienvenida en el Sierra Madre Tennis Club para las cuatro selecciones que fue un exitazo”, recuerda.
El Mundial no solo se jugaba: se vivía en espacios donde la distancia entre organizadores, equipos y ciudad era más directa y tangible. Niños y adolescentes regiomontanos participaron en convivencias con grandes figuras del balompié.

Por la cancha de los estadios locales desfilaron leyendas como el inglés Gary Lineker, los alemanes Lothar Matthäus y Rudi Völler y el polaco Zbigniew Boniek.
Sin tecnología, sin sistemas centralizados, la operación dependía del criterio humano.
“Yo he aprendido que se trabaja con lo que se tiene”, dice. “Y con el apoyo de la gente que quiere participar”.
Hernán convivió de cerca con algunas de las figuras más reconocidas del fútbol internacional, entre ellas Carlos Bilardo y Bobby Robson, directores técnicos de las selecciones de Argentina e Inglaterra, a quienes describe como personas sencillas y humildes.
“Con Bilardo recuerdo que una vez que íbamos para Saltillo se nos ponchó una llanta y lo puse a chambear, le dije ‘tú cámbiala’, y ahí está Bilardo, digo yo también ayudándole, pero realmente eran personas normales en el trato, fuera de las figuras que el público veía en la cancha”, comparte.
Con Robson, la relación fue más constante. Las conversaciones no se limitaban a lo deportivo, sino que incluían temas personales y cotidianos. Con el paso del Mundial, el vínculo se mantuvo e incluso se extendió más allá de México, con visitas posteriores a Inglaterra y una relación que trascendió lo profesional.
Legado operativo
Para Hernán Garza, la experiencia de México 86 no terminó con el silbatazo final. Al contrario, se convirtió en una base operativa que marcaría su manera de entender y organizar eventos deportivos en las décadas siguientes, especialmente en el tenis.
“Todo lo que aprendí ahí lo apliqué en el tenis”, resume al hablar de su transición hacia la organización de torneos como el Abierto de Monterrey. Los principios esenciales se mantuvieron intactos: coordinación de equipos, atención al detalle y capacidad de respuesta ante imprevistos.
El Mundial le dejó una comprensión profunda de la logística a gran escala: desde la movilidad de selecciones hasta la relación con estadios, hoteles y operaciones paralelas en distintas sedes.
En su experiencia, la clave no está en el deporte en sí, sino en los procesos detrás de cada evento. “Son los mismos conceptos de organización, solo aplicados a otro deporte”, explica.
Esa continuidad entre el fútbol mundialista y el tenis profesional terminó por reforzar su vocación dentro de la industria del deporte, donde es una de las figuras más respetadas.
Fútbol y destino
Mientras Hernán armaba equipos, coordinaba sedes y afinaba detalles, en otro punto de la ciudad un adolescente comenzaba a vivir el Mundial desde dentro.
Era Alejandro Hütt, quien no estaba en las gradas, sino en la operación. Su padre era amigo de Garza, y gracias a esa relación se integró como coordinador de estadísticas en la sede local.
“Nací en la Ciudad de México y tuve la fortuna de llegar a Monterrey en 1985, a estudiar”, cuenta el nieto de Antonio Hütt, futbolista costarricense que hizo carrera en México en la década de los 30’s.
En ese contexto, y con apenas 16 años, se integró como coordinador de estadísticas de la sede local. No era un rol visible ni decisivo, pero sí lo suficientemente cercano como para ver desde dentro cómo se construye un Mundial.
La llegada de las selecciones y el ritmo de una ciudad convertida en sede internacional fueron su primera escuela dentro del mundo del deporte. Sin darse cuenta, estaba viendo de cerca una operación que, años después, le tocaría encabezar, aunque en un contexto completamente distinto.
“Marcó mi vida. Fue lo que me motivó a trabajar en esta industria”, reconoce.

Esa experiencia no se quedó como un recuerdo aislado. Con el tiempo, Alejandro emprendió su carrera en la gestión de eventos deportivos y de entretenimiento.
Casado con una regiomontana, dejó la Ciudad en 2003 y volvió hace tres años, cuando Pedro Esquivel y Manuel Filizola, directivos del Club de Futbol Monterrey, lo perfilaron como Host City Manager para Monterrey en la Copa Mundial FIFA 2026.
“Yo no me hubiera imaginado que 40 años después iba a estar aquí”, dice.
El engranaje invisible
Alejandro explica que su labor no se trata de dirigir, sino de articular.
“Somos los responsables de coordinar a muchos actores para entregar un plan de seguridad o un plan de transporte y movilidad”, resume al referirse a una estructura que involucra a FIFA, autoridades estatales y municipales, clubes, patrocinadores, fuerzas de seguridad y operadores privados.
Dentro de esa red de intereses cruzados, el desafío no es sólo técnico, sino humano: lograr que todos los actores empujen en la misma dirección.
“Lo más complicado es administrar egos”, reconoce.
Uno de los conceptos más relevantes en la preparación del Mundial en Monterrey es la “última milla”, que se refiere al área alrededor del estadio que, en días de partido, se organiza como una zona de acceso controlado. Ahí se regulan entradas y salidas, cierres viales y la circulación de personas para garantizar seguridad y orden operativo.
Es un engranaje donde confluyen municipio, estado, fuerzas federales y organizadores, y donde cada decisión tiene impacto directo en la experiencia del aficionado y en la vida diaria de la ciudad.
La complejidad, sin embargo, no se limita al estadio. Uno de los grandes aprendizajes de esta etapa ha sido entender que el Mundial no es un evento aislado, sino un sistema que interactúa con la ciudad en múltiples niveles.
Transporte, movilidad, hotelería, seguridad, voluntariado y experiencia turística forman parte de una misma ecuación. En ese sentido, reconoce que el reto ha sido construir un modelo operativo que funcione con restricciones reales de presupuesto.
“No hay presupuestos ilimitados”, señala, al aclarar que el proyecto depende en gran medida de la capacidad de generar alianzas con patrocinadores locales y de optimizar cada recurso disponible para sostener la operación.
Esa realidad ha obligado a replantear la forma en que se gestionan los grandes eventos. A diferencia de otras épocas, donde las estructuras eran más centralizadas, el Mundial actual exige coordinación distribuida y decisiones compartidas entre múltiples sedes y oficinas.
“Este Mundial tiene una oficina en Zúrich, otra en Miami y otra en Ciudad de México. Hay 16 comités organizadores. No hay un solo modelo”, explica.
Una pieza clave
En ese entorno, el rol del “host city manager” se vuelve una pieza clave de traducción constante entre niveles globales y locales. Alejandro lo describe como un trabajo de equilibrio permanente entre planificación y ejecución, donde nada puede dejarse a la improvisación, pero todo debe adaptarse a condiciones cambiantes sobre el terreno.
A nivel humano, quizá el mayor desafío ha sido sostener la comunicación en una estructura tan amplia.
“Administrar tiempos y administrar un equipo de trabajo”, resume como uno de los aprendizajes centrales de esta etapa. En su visión, el éxito del proyecto no depende de una sola área, sino de la capacidad de mantener alineados a todos los involucrados bajo objetivos comunes.
En ese proceso, reconoce, también se vuelve indispensable la gestión de intereses y tensiones. “Cuando tienes diferencias, hay que encontrar el cómo sí, y soluciones creativas”, dice.
Más allá de la logística, insiste en que el verdadero reto está en que la ciudad funcione sin fracturas durante el evento. No se trata solo de recibir a los visitantes internacionales, sino de evitar que el Mundial interrumpa la vida cotidiana de Monterrey.
Esa dualidad —entre lo extraordinario y lo cotidiano— atraviesa cada decisión. El objetivo, explica, es que el aficionado viva una experiencia impecable, pero también que el vecino pueda seguir su rutina sin que la ciudad se detenga.
En ese sentido, el proyecto se convierte en una operación de alta sensibilidad urbana, donde cada ajuste tiene impacto en múltiples capas. Desde la llegada de un autobús hasta la salida de un estadio lleno, todo forma parte de un sistema que debe funcionar con precisión casi quirúrgica.
Y aunque el reto es enorme, Alejandro lo asume como una continuidad natural de un proceso que, en realidad, comenzó mucho antes de que Monterrey fuera oficialmente sede, cuando la ciudad empezó a imaginar lo que significaba volver a recibir un Mundial.
El momento llegó.



