Hay sueños que se quedan en la infancia y otros que se convierten en el motor de toda una vida. Para Adrián Lafuente, dar la vuelta al mundo no era solo una meta: era una promesa personal que, con el tiempo, tomó un propósito mucho más grande.
A sus 28 años, este viajero —con raíces españolas, francesas y nacido en México— logró lo impensable: recorrer el mundo durante mil días, sin tomar un solo avión, con la misión de demostrar que otra forma de viajar (y de vivir) sí es posible.
Un sueño que evolucionó en misión
Desde niño, Adrián repetía que quería conocer el mundo. Pero fue durante sus estudios en sostenibilidad cuando ese deseo cambió de dirección. Ya no se trataba solo de viajar, sino de hacerlo con conciencia.
Así nació Project Kune, una iniciativa que emprendió junto a Tommaso Farina, con el objetivo de documentar historias de personas que están trabajando por un planeta mejor.
Juntos recorrieron durante casi dos años distintos países, compartiendo una visión: visibilizar que, en medio de las crisis globales, hay comunidades creando soluciones reales.
Con el paso del tiempo, sus caminos tomaron rumbos distintos, pero la esencia del proyecto permaneció intacta: generar conciencia a través del viaje.
El valor de lo lento
Viajar sin aviones no fue solo una decisión simbólica, fue un desafío constante.
Adrián se movió haciendo autostop, en trenes, autobuses… y cruzando océanos en veleros. El llamado “boat stop” implicaba trabajar a cambio del trayecto: cocinar, limpiar, vigilar el barco en medio de la noche.
Hubo momentos límite.
Tormentas interminables.
Semanas sin ver tierra.
En una ocasión, en medio del Pacífico, el barco comenzó a llenarse de agua en plena madrugada. Sin ayuda, sin señal, sin opción de escape, solo quedaba resistir.
Y lo hizo.
Porque entendió que la aventura no está en la postal perfecta, sino en la capacidad de seguir adelante incluso cuando todo parece incierto.
Vivir con poco, sentir más
Durante mil días, Adrián recorrió más de 50 países con un presupuesto que desafía cualquier lógica:
340 pesos al día
Ese estilo de vida lo llevó a intercambiar trabajo por comida y alojamiento, a vivir con lo esencial y a cuestionar todo lo que antes parecía indispensable.
“Cuando tienes tan poco, empiezas a valorar todo”, comparte.
Y en ese proceso, descubrió algo más profundo: la libertad no está en tener más, sino en necesitar menos.
La lección más grande: la humanidad
Más allá de los kilómetros recorridos o las habilidades aprendidas —como navegar, construir o adaptarse a cualquier entorno—, hubo una certeza que transformó su forma de ver el mundo:
“Hay mucha más gente buena que mala, solo que lo negativo hace más ruido”.
Personas desconocidas que lo ayudaron, que lo recibieron como familia, que compartieron lo poco o mucho que tenían.
Historias que no suelen aparecer en titulares, pero que sostienen la esperanza.

Viajar con conciencia
Adrián no busca que todos repliquen su viaje extremo, pero sí que cuestionen la forma en la que se mueven por el mundo.
Elegir mejor.
Consumir con intención.
Respetar los lugares que se visitan.
Pequeñas decisiones que, sumadas, generan impacto.
Porque, como él mismo lo dice:
“No hay planeta B”.
Cuando el viaje continúa… en otros
Hoy, después de cruzar océanos y culturas, Adrián encontró una nueva forma de seguir viajando: a través de las historias que comparte.
En espacios como Casa Puente, conecta con jóvenes, les habla del mundo, de sus diferencias, de su belleza… pero también de la responsabilidad que implica habitarlo.
Ya no se trata solo de recorrer el planeta, sino de sembrar ideas en quienes lo habitarán después.

Cool Job: transformar el mundo desde el camino
La historia de Adrián Lafuente es prueba de que un sueño puede evolucionar en algo mucho más grande.
Viajar, en su caso, dejó de ser un destino para convertirse en un medio:
para inspirar,
para cuestionar,
y sobre todo, para generar conciencia.
Porque a veces, la mejor forma de cambiar el mundo… es empezar por recorrerlo de manera distinta.



