A los 22 años, Alejandro Fuentes ya entiende algo que a muchos les toma décadas: el cine no es una sola cosa. Es arte, sí, pero también es producto.
Y esa tensión —entre lo que una película quiere ser y lo que necesita ser para existir— es el eje desde el que hoy construye su camino como productor.
Recién egresado de una maestría en una de las escuelas de cine más prestigiosas del mundo, su mirada cambió de forma decisiva.

“Antes de empezar a producir es muy importante tener bien claro hacia cuál de los dos extremos te quieres inclinar”, explica.
Porque cada uno te dará resultados completamente diferentes, desde cómo se llevará a cabo el proyecto, hasta cómo lo recibirá la audiencia”.
Ese entendimiento no lo volvió más rígido, sino más consciente. Para Fuentes, producir no se trata únicamente de coordinar presupuestos o resolver logística. Hay algo más profundo, casi intangible, que sostiene cada proyecto.
“Para mí producir, especialmente en el cine independiente, es tomar un salto de fe. Es agarrar la ‘nada’ y convencer a un montón de personas de también creer que con ‘nada’ pueden hacer ‘algo’”.
En esa fe también habita el riesgo. Porque si algo ha aprendido en los rodajes —incluidos aquellos cortometrajes que lo han puesto a prueba— es que toda producción vive al borde del colapso. No por falta de ideas, sino por algo más terrenal: el dinero.

“Puedes reemplazar una locación, puedes reemplazar a alguien del equipo”, dice con claridad, “pero si se cae el presupuesto, se cae la producción”.
Ahí es donde aparece una de las habilidades más complejas del productor: saber decir que no. Administrar recursos no es solo una tarea técnica, sino una toma constante de decisiones que definen qué historia será posible contar.
Sin embargo, el aprendizaje más radical no ha venido del éxito, sino de su contraparte. En una industria que se alimenta de alfombras rojas e imágenes aspiracionales, Fuentes ha aprendido a mirar el fracaso sin miedo.
“Los errores y los fracasos son la norma, y el éxito no es nada más que haber fracasado tanto que eventualmente ganas”, afirma.

Y matiza: “Una vez que puedes llevarle una historia a una audiencia, ya probaste un poquito de lo que es el éxito”.
Esa claridad también guía la manera en que elige sus proyectos. No hay fórmulas secretas ni búsquedas grandilocuentes. Hay, en cambio, una intuición compartida.
“Una historia que valga la pena contar es simplemente una historia que nosotros disfrutemos”. La lógica es sencilla: hacer el cine que quisieran ver, con la misma honestidad con la que un músico compone lo que le gustaría escuchar o un chef cocina lo que le gustaría probar.
Pero incluso la mejor historia debe dialogar con su contexto. Para Fuentes, el presupuesto, el equipo y el tiempo no son obstáculos, sino un molde.
“El contexto es un recipiente que le da forma a la producción”, dice. Y en esa idea se revela una de las verdades más fascinantes del cine: un mismo guion puede transformarse en cien películas distintas.
“Dicen que las películas se reescriben en el rodaje y en el montaje, pero la primera reescritura pasa muchísimo antes, en el momento en el que desglosas el presupuesto”.
Tras su formación internacional, su mirada también se ha vuelto más crítica respecto al panorama nacional. Observa un contraste claro entre México y otros países donde el cine local es activamente promovido.
“Las películas sirven un propósito muy claro de fomentar la cultura y estimular la economía”, señala. En cambio, en México, el cine independiente enfrenta un reto mayor: no tanto producir, sino existir frente al público.
“Hoy es más fácil que nunca hacer una película, pero la exhibición y explotación se han vuelto prácticamente imposibles”.
Aun así, no hay desencanto en su discurso. Hay conciencia, sí, pero también una determinación que no depende de las condiciones ideales. Porque si algo define su forma de producir no es el control absoluto, sino la responsabilidad compartida.
Antes de intentar ser bueno en mi trabajo, intento ser un líder en el que mi equipo se pueda apoyar siempre”.
Y en esa idea, quizás, se resume todo: producir no es imponer una visión, sino sostenerla. Incluso cuando todo parece a punto de caerse. Incluso cuando hay que empezar desde la nada otra vez.


