Francisco Javier Cruz, mejor conocido como “El Abuelo”, recuerda México 86 en fragmentos: un gol anulado, concentraciones a piedra y lodo y la certeza de haber sido parte de algo único.
Tenía apenas 19 años, con dos años de experiencia en primera división, cuando recibió el llamado. Su posición como campeón goleador y pieza clave del primer título de liga de los Rayados, semanas antes, fue determinante.
“Prácticamente fui de los últimos jugadores que nombraron”, recuerda. En un equipo consolidado, con figuras y jerarquías definidas, su incorporación respondió tanto a una necesidad deportiva como a la presión de una afición que ya conectaba con su estilo.
Mientras sus compañeros superaban los 24 años, él llegaba con una mezcla de frescura y atrevimiento. “Tenía un fútbol alegre… distinto”, explica. Esa diferencia, lejos de jugar en su contra, terminó por abrirle la puerta.
Su participación fue desde la banca, con ingreso de cambio en todos los partidos. Lo asumió con claridad, al entender que la selección era un sistema donde cada rol tenía su lugar. “Había que sumarse, no exigir una titularidad”, dice el carismático exjugador.
La experiencia trascendió los minutos en cancha.“Todo era mágico… lo ves distinto cuando eres joven”, afirma. La cercanía con la afición, especialmente en Monterrey, construyeron un recuerdo que, cuatro décadas después, sigue intacto.
Dentro de la concentración, la convivencia también marcó el tono. Compartía habitación con el padre de Javier “Chicharito” Hernández, en un ambiente donde las bromas y la camaradería ayudaban a liberar la presión. Durante cuatro meses, el equipo vivió aislado, enfocado en un solo objetivo.
“Era como estar en un cuartel”, describe. Sin familia, sin rutina exterior. Solo fútbol y hacer equipo con otras leyendas como Hugo Sánchez Tomás Boy, Manuel Negrete, Javier Aguirre y Pablo Larios.

Aun así, hubo espacio para momentos inesperados: visitas de artistas, conciertos improvisados y encuentros memorables. Entre ellos, una fotografía con Cantinflas que aún conserva como símbolo de aquella etapa.
En lo deportivo, México alcanzó los cuartos de final. El partido contra Alemania quedó marcado por una jugada polémica: un gol suyo que, desde su perspectiva, fue mal anulado. Más allá del resultado, el balance es claro. “Vivimos un sueño”, expresa con una sonrisa.
Con el paso del tiempo, aquel Mundial adquirió otro peso. Fue el único en su carrera, tras ausencia de México en Italia 90, por el escándalo de los “cachirules”, y ya en Estados Unidos 94, una lesión previa truncó esa posibilidad.
Padre de dos hijas y a punto de convertirse en abuelo de un varón, Francisco Javier está listo para disfrutar el Mundial de nuevo en casa, ahora desde las gradas y con su familia.
El contexto, reconoce, es distinto: más selecciones, otro formato y nuevas dinámicas, pero el impacto social del fútbol se mantiene. “En Nuevo León lo vivimos diferente”, sostiene. Cuando los equipos van bien, cambia el ánimo de la ciudad, dice.
Mirar hacia adelante
Tras su retiro, marcado en parte por las lesiones, su camino tomó otros rumbos: negocios, proyectos personales y su incursión en la política, desde hace cinco años. No lo plantea como ambición, sino como un llamado al servicio.
“Tengo claro que mi vocación es ayudar”, afirma.
Desde una fundación que mantiene con discreción, hasta su interés por convertirse en servidor público, “El Abuelo” se aleja del estereotipo de la estrella deportiva anclada al pasado. Hay, en cambio, una búsqueda de propósito.
El Mundial del 86 fue una experiencia que le enseñó a vivir el presente, a entender el valor del esfuerzo colectivo y a reconocer el privilegio de dedicarse a lo que le apasiona.
“Un Mundial es para unir… para convivir”, dice. Una frase que, a 40 años de distancia, resume su manera de entender el fútbol.


