Hay artistas que encuentran una fórmula y hay otros que encuentran una pregunta; la de Loris Mitri comenzó con una inquietud… imaginar una combinación de sonidos que simplemente no existía en ningún lado.
“Fue el momento en que imaginé una fusión de sonidos que no encontraba en ningún lado y ahí es cuando decidí que tenía que hacerlo yo misma”, recuerda la productora musical y DJ originaria de Saltillo.
Aquella intuición terminaría por convertirse en una carrera construida a contracorriente, lejos de las tendencias pasajeras y más cerca de una búsqueda constante, una trayectoria que hoy la ha llevado a compartir escenarios con proyectos internacionales y a consolidar una propuesta propia dentro de una escena donde las mujeres productoras siguen abriendo espacios desde la autenticidad.

Una identidad construida entre sonidos árabes y ritmos latinoamericanos
Mucho antes de subirse a un escenario, la música ya formaba parte de su vida cotidiana. La influencia de su padre y la presencia constante de la música árabe en casa moldearon una sensibilidad auditiva que más tarde se mezclaría con otra geografía sonora: las calles de México.
Desde pequeña mi padre ha puesto música árabe en casa y gracias a eso tuve una educación auditiva que no hubiera aprendido en otro lugar”, recuerda.
A esa herencia se sumaron los ritmos latinos y una curiosidad permanente por descubrir sonidos alejados de las tendencias comerciales.
El punto de quiebre llegó cuando imaginó una combinación musical que simplemente no existía.
Fue el momento en que imaginé una fusión de sonidos que no encontraba en ningún lado y ahí es cuando decidí que tenía que hacerlo yo misma”, explica.
Sentirse diferente también puede ser una brújula
Hay algo que atraviesa buena parte de su historia: la sensación de no encajar.
Su familia migró a Saltillo y, durante años, esa diferencia se manifestó en los gustos, las referencias y las formas de mirar el mundo. Lejos de convertirse en una limitación, terminó siendo el terreno sobre el cual construyó una identidad.
No lo veo malo, al contrario. Todo lo que aprendí y conocí aquí fue mi base para conectar otras cosas y formar una identidad propia”.
Quizá por eso nunca sintió la necesidad de perseguir tendencias. Desde el principio se sintió atraída por los sonidos no convencionales y por esa dimensión menos visible de la música donde todavía es posible experimentar.
“Lo sentía como un tipo de don, el poder entender diferentes ritmos y mezclarlos con sonidos que a todos se nos hacen familiares”.

El refugio llamado underground
Para Loris, el underground no es una etiqueta romántica ni una nostalgia por tiempos pasados. Es una comunidad.
Aunque internet ha transformado las dinámicas de descubrimiento musical, está convencida de que siguen existiendo espacios donde se construyen propuestas desde cero y donde artistas y públicos encuentran una relación distinta con la música.
“¿Ahí es el inicio de todo lo mainstream. Es donde más me siento cómoda y segura”, explica.
En Saltillo, uno de los primeros lugares que apostaron por ella fue Estudio Lomelí. Más que un escenario, encontró una comunidad de personas abiertas a distintos lenguajes artísticos.
Desde entonces ha seguido apostando por una escena pequeña, pero significativa, integrada por quienes aún creen en la exploración y en la capacidad de sorprender.
La música como experiencia y trance colectivo
Los sets de Loris funcionan como pequeños viajes.
Hay una intención narrativa detrás de cada presentación, pero también una voluntad de romper expectativas. Antes de cada evento estudia el contexto, investiga quiénes conforman el cartel y piensa en la experiencia colectiva que quiere provocar.
Me gusta mucho llevar a la gente a un tipo de trance con la música, pero siempre incluir cosas inesperadas para sacarlos de su zona de confort”.
No se trata únicamente de hacer bailar. También busca despertar emociones, generar preguntas y producir esos momentos donde el público deja de ser espectador para convertirse en parte de una misma frecuencia.
Con el tiempo, aprender a leer esa energía se convirtió en una de sus mayores fortalezas.

La montaña rusa de vivir de la música
Como ocurre con muchos proyectos creativos, el camino distó de ser lineal.
Durante años alternó distintos trabajos mientras seguía construyendo su carrera. La decisión de dedicarse por completo a la música llegó recientemente y, con ella, las dudas inevitables.
“Es una decisión complicada y siempre hay dudas, pero es algo que nunca voy a poder dejar ir”.
En retrospectiva, identifica un punto en común en los momentos que impulsaron su crecimiento: arriesgarse.
“Arriesgarme a hacer cosas no convencionales y demostrar que sabía moverme en la industria musical”.
Porque, al final, la industria puede ser una red de conexiones, pero también un ejercicio constante de resistencia.
El escenario como confirmación
Compartir espacios con artistas internacionales fue una consecuencia de años de trabajo, no una casualidad. Entre esas experiencias, una relacionada con el entorno del productor británico Fred again.. terminó por cambiar su percepción sobre sí misma.
Fue una producción gigante y aun así me sentí muy cómoda tocando enfrente de tanta gente. Me hizo ver que estoy lista para proyectos de esa escala”.
Pero si existe una imagen que resume lo que hoy significa el éxito para ella, no ocurrió detrás de un gran cartel.
Sucedió en el Festival de la Primavera, en Ciudad de México.
Al bajar del escenario, un grupo de niños se acercó para pedirle una fotografía. “Nunca pensé que mi proyecto pudiera llegar a niños y ese día me sentí completa”.
La escena la hizo pensar en aquellos artistas que despertaron su propia imaginación años atrás. Entendió entonces que la música también puede ser una cadena invisible de inspiraciones compartidas.

Confiar en las ideas extrañas
En una época obsesionada con la inmediatez, Loris insiste en la paciencia.
Salir de Saltillo de vez en cuando, descansar, mirar los paisajes de Coahuila y regresar con nuevas ideas son algunos de los recursos que ha encontrado para mantener el equilibrio.
Porque, más allá de las métricas o los algoritmos, su filosofía permanece intacta. Si pudiera regresar a los días de sus primeros sets, le diría algo sencillo a aquella versión más joven de sí misma:
Que confíe mucho en su intuición y en sus ideas locas; siempre habrá alguien a quien le van a gustar”.
Mientras tanto, su sonido continúa mutando. Las percusiones y el trance ocupan cada vez más espacio en sus producciones y los escenarios internacionales aparecen como una posibilidad natural, no como una meta lejana.
En un ámbito históricamente dominado por hombres, la presencia de mujeres productoras y DJs ha cobrado cada vez más fuerza y la historia de Loris Mitri no es únicamente la de una DJ y productora de Saltillo; es la de una artista que aprendió a convertir la diferencia en lenguaje y que, desde los márgenes del sonido, encontró una manera propia de habitar la música.



