Platicar con Alejandra Aguinaga y Freddy Andreasson, socios propietarios del reconocido bar, fue como sentarme con mis amigos a tomar una copa y platicar sobre la vida. En pocos minutos, su personalidad y soltura transformaron la entrevista en una conversación amena.
Y justamente es su magnetismo, su pasión y su curiosidad el reflejo exacto de El Gallo Altanero: ruidoso y rebelde, pero centrado y preciso en sus convicciones; esas que elevan la coctelería a una ciencia de la bebida donde la honestidad líquida se defiende.
De Suecia a Guadalajara

La historia de Freddy comienza en Suecia, su país natal, luego en Australia y finalmente en México, enraizando su trayectoria en Guadalajara, la ciudad que lo vio emprender un gran proyecto que eventualmente lo llevó a recibir el Bartenders’ Bartender Award 2026.
Cuando Freddy creó el concepto, junto con otros socios extranjeros iniciales, lo tenía muy claro: un espacio que apuesta por los destilados del agave, con especial atención a pequeños productores. Después se integraron los productos de temporada, el mezcal y la raicilla, aunque el tequila siempre fue el pilar central.
“Lo que me pone contento es poder tener una plataforma donde puedo impulsar el éxito a otra persona. Hay muchachos que han salido gallos en algunas carreras después o incluso abriendo sus propios bares. Entonces, creo que ese es el propósito final. De crear algo y poder compartirlo. O sea, el éxito es compartido”
— Freddy Andreasson
La pieza que faltaba

Conforme el equipo fue creciendo, se sumó Alejandra Aguinaga. Desde su perspectiva, el proyecto ya reunía distintas formas de entender la hospitalidad, pero aún faltaba un ingrediente esencial: “Era una mezcla de técnicas, de hospitalidad, de personalidades, de culturas, pero lo único que faltaba eran los mexicanos para complementar la esencia”.
Apasionada por las artes audiovisuales y por crear experiencias, durante mucho tiempo intentó mantenerse alejada de la barra. Sin embargo, encontró en la coctelería un refugio creativo que iba mucho más allá del shaker. Hoy, como lead bartender y mixóloga, combina narrativa, técnica y personalidad en cada cóctel.
Yo soy de Guadalajara, y la verdad es que renegaba un montón de esta carrera; era de: ‘no me digas bartender’. Yo quería ser creativa, me gusta un montón el video, las películas… pero descubrí que la coctelería tiene un sinfín de ramas que te permiten explotar quién eres. Terminé escribiendo artículos, haciendo los videos del bar y viajando gracias a esto”
— Alejandra Aguinaga
Entre el rugido y la libertad

Pronto, su visión creativa —si bien el El Gallo Altanero ya tenía alma de agave y una hospitalidad digna de los orígenes de Freddy—, terminó por completar la magia, el color y la picardía mexicana en cada rincón. “La mixología es, por un lado, 100% rugido, hay reglas y procesos que tienes que seguir; un perfeccionismo que hay que perseguir siempre. Por el otro, hay 100% libertinaje donde puedes ser quién eres, explorar tu propia personalidad y convertirla en algo grande, así como usarlo en servicio”, explica Freddy.
Con esa guía en mente, libertad y disciplina, crearon un bar auténtico que se enorgullece de darle voz a productores independientes, hacer sentir en casa a los comensales y mantener un espíritu muy tapatío, fiestero e imperdible. Esa esencia lo ha llevado a figurar en prestigiosos listados internacionales, siendo el más reciente la posición 10 en la lista de North America’s Best Bars 2026.
Ese logro se debe gracias a que, para Ale y Freddy, la barra no es sólo un espacio para producir bebidas sin más, sino un taller creativo en constante ebullición. Para mantener vivo a El Gallo Altanero como referente imaginativo, impulsan al equipo a salir de su zona de confort, explorar, experimentar y que cada líquido se convierta en un lienzo.
Al día de hoy, el tequila es el corazón, los productores son el alma y el staff son la familia que te invita a vivir una noche única. Este ecosistema vivo no se detiene, sino que su temple por el agave se mantiene en la cima donde la bebida no es la meta final, sino el compartir. Porque, como dicen ellos, un gallo no vuela solo, sino que crece abriéndole el camino a los demás.



