En 1965 Saltillo era una ciudad muy distante de la que es hoy. Muchos de sus habitantes se movían a pie o en camión, eran comunes las tardes lluviosas y los paseos dominicales en la Alameda de Zaragoza. Los niños y jóvenes jugaban en las calles y no había tráfico.
Frente al Tecnológico de Saltillo y el Ateneo Fuente, el restaurante Tena recibía a los estudiantes, muchos de ellos eran foráneos provenientes del norte del estado.
En aquel entonces, Graciela Garza Arocha tenía 24 años, y fue cuando vislumbró un negocio de pollos rostizados que, tiempo después, daría origen al restaurante La Canasta.
Junto a su hermana Rebeca, fundó lo que se convertiría en uno de los íconos gastronómicos de Saltillo. Esta aventura culinaria comenzó operaciones en la calle de Aldama, y más tarde en un local más amplio en la de Allende.

Finalmente, La Canasta se trasladó en 1970 al bulevar Venustiano Carranza, en donde permanece hasta el día de hoy.
Gache, como le decían de cariño, contrajo nupcias con el ingeniero Luis Jaime Tamayo, con quien tuvo dos hijos: Luis Carlos y Elisa María.
Sentada en una de las mesas del restaurante que la vio crecer, Elisa María cuenta a PLAYERS of Life cuáles son los recuerdos que tiene de su mamá.
“Mi mamá siempre fue una figura muy imponente para mí como niña, alguien con mucha energía”, dice.
Elisa se sincera y dice no recordar muy bien los primeros años junto a su madre, ya que La Canasta estaba en su pleno apogeo y la señora Graciela siempre estaba muy ocupada.
“Con el paso de los años lo entendí, y le agradezco y le reconozco su trabajo excelso”, dice con orgullo.

Los hermanos Jaime Garza aún se admiran por lo que su mamá logró en una época en la que las mujeres difícilmente podían emprender.
“Mi mamá logró que un restaurante de provincia abriera sus puertas a muchas personas importantes, provenientes de todos lados. Conforme fui creciendo, me fui dando cuenta de lo relevante de su trabajo, y con la madurez llegó un mayor reconocimiento a su labor”.
Crecer entre fuegos y manteles
Entre risas, Elisa confiesa que a su hermano y a ella casi no los llevaban a La Canasta cuando eran niños. “Definitivamente yo no andaba corriendo por estos pasillos, pero ya más grandes teníamos la mesa familiar, la mesa 24”.
“El restaurante era literalmente mi casa”, agrega.
Recuerda un menú muy amplio, conformado de unos 300 elementos entre platillos, postres y bebidas. Y si bien la familia degustaba los clásicos como el Arroz Huérfano, las Cáscaras de Papa, el Filete Tapado y las Enchiladas ATM -que aún se encuentran en el menú-, Elisa tenía la gran ventaja de poder pedir en cocina otras preparaciones.
A diferencia de su mamá, quien poseía un gusto gastronómico muy amplio, Elisa era más selectiva al comer, pero contaba con un pilar en la cocina. Entre ollas, aromas e ingredientes, Guadalupe Barea la consentía y le preparaba sus platillos favoritos.
Barea fue chef de La Canasta durante más de 45 años, se jubiló en el 2018 al igual que la señora Graciela.
“Lupe me conoció desde que nací, fue como una segunda mamá y la verdad me mimaba mucho, fuimos muy privilegiados”, agrega.
Los recuerdos invaden la memoria de Elisa. Llegan imágenes de su mamá sentada en el comedor del restaurante, hojeando sus libros y revistas internacionales de recetas.
“Se sentaba antes de la hora pico, y pues imagínate desayunar, comer y cenar en un restaurante, te acabas el menú. Entonces, mi mamá le decía a Lupe ‘mira, haznos esto… haznos lo otro”.
En ese sentido, la biblioteca de la señora Graciela es uno de los legados que heredaron Luis Carlos y Elisa.

61 años en el gusto de la gente
A pesar de ser testigo de la significativa evolución de La Canasta, a Elisa aún le cuesta dimensionar que son 61 años los que el restaurante lleva en el gusto de la gente.
“Me parece un número estratosférico, sobre todo por mantenerse tanto tiempo dentro del mercado saltillense. Me llena de orgullo saber que seguimos aquí, en lo que fue el trabajo de toda la vida de mi mamá”, dice.
Considera que su mamá nació con una chispa especial para romper esquemas. “Como quien dice, nos rompieron el molde cuando la hicieron”, agrega.
Celebra que siempre supo a dónde y cómo ir, lo vio desde que era una niña. Tenacidad y perseverancia eran dos de las muchas cualidades de la señora Graciela, y Elisa reconoce que lo que se proponía lo cumplía

El engranaje perfecto
“Ay mi papá”, dice Elisa y deja escapar un suspiro cuando se le pregunta sobre su figura dentro de La Canasta.
Describe a su padre como figura clave, y aunque su perfil era más reservado, también estaba dotado de mucha energía. Disciplinado, perseverante y muy visionario, así lo describe Elisa.
“Tenía un taller de fabricación metálica, era agricultor y ganadero, piloto aviador… vivió muchas vidas en una”, dice.
Para Elisa, sus papás hicieron una muy buena mancuerna, pues ambos eran muy talentosos. Planeaban viajes para inspirarse en la arquitectura del restaurante, por ejemplo, las chimeneas fueron obra de don Luis Jaime Tamayo.
Era aficionado a la fotografía y ponía especial atención en los detalles arquitectónicos. Los arcos, bóvedas y columnas eran su gran inspiración, según Elisa los replicaba en dibujos con mucha naturalidad.
“La Canasta es un proyecto que construyeron juntos”, dice volteando a ver los techos y columnas que su papá diseñó.
El destino de la pareja se cruzó cuando en las oficinas de la Secretaría de Agricultura, donde trabajaba Graciela. Aunque era originaria de la Ciudad de México, se asentó en el norte con su familia, mientras que Luis nació en Múzquiz, Coahuila.

Huellas que trascienden
Si algo tienen en claro los hermanos Jaime Garza, es lograr que el legado de su madre perdure a través del tiempo.
En las paredes de La Canasta se erigió un muro en honor a la señora Graciela, cuya fotografía se rodea de elementos que la conmemoran, como la Presea Saltillo, que le fue otorgada en el año 2018.
“Queremos que las nuevas generaciones conozcan a la persona que fundó este restaurante, y deseamos tenerla siempre presente”, dice Elisa.
Un año después de ser condecorada con el máximo reconocimiento que otorga el Ayuntamiento de Saltillo, la señora Graciela decidió contactar a Luis Miguel Bojorquez y Ramón Aguirre de Grupo Tómbola para que tomaran las riendas de la administración.
“Estamos muy contentos mi hermano y yo por la decisión que tomó nuestra mamá, Luis Miguel y Ramón son unos chavos muy trabajadores y muy visionarios. Siempre están innovando”.
En 2025, La Canasta renovó su menú, aunque conserva su esencia y algunos de los platillos icónicos, se introdujeron recetas que rinden homenaje a las tradiciones de la gastronomía mexicana.
Para Elisa, la ensalada de palmitos, la sopa de tortilla o los taquitos de chilaca con camarón son de los imperdibles, pero las cáscaras de papa son sus favoritas de toda la vida.
“Se nota que el menú se construye con intención y con una visión que es la cocina mexicana, La Canasta siempre ha sido punta de lanza para encontrar fusiones, aunque antes no se hablaba de eso”.
Reconocimiento y recuerdos
Apenas en agosto se cumplió el tercer aniversario luctuoso de la señora Graciela, y Elisa confiesa que es difícil hablar sobre el tema, pero que tanto para ella como para Luis Carlos, es muy importante recordarla con cariño.
Lo mismo todos los días 21 de enero de cada año, en donde festejan el cumpleaños de su mamá, y para celebrar su legado se proyecta un video conmemorativo en las pantallas de La Canasta, además se da de cortesía un arroz huérfano para casa mesa.
“Establecimos esa celebración de aquí a perpetuidad para recordar el día que nació, le cantamos Las mañanitas porque era una persona que le gustaba festejar, mi papá le mandaba flores y aquí veíamos el desfile de felicitaciones de mucha gente que la quería”, recuerda.
Algunos que la felicitaban eran clientes, amigos o personajes de la política. Elisa recuerda que de niña muchos gobernadores visitaban La Canasta, era como ver a sus tíos.
“Yo era muy pequeña cuando vino Carlos Salinas de Gortari, no entendía muy bien qué pasaba pero sí sabía que era algo importante. Eliseo Mendoza Berrueto fue de los gobernadores más llegados a mi mamá, también recuerdo a algunos actores como Alfredo Adame”.
Cuenta también sobre el día en que su mamá preparó una comida para Ernesto Zedillo en Radio Concierto, y cómo se llevaron “casi toda la cocina” para la radiodifusora.
“Recuerdo de adolescente a ver al vocalista de Caifanes, Saúl Hernández, en una de las mesas del restaurante. Mi mamá siempre era muy refinada y me dijo: ‘espérate a que terminen de comer, no hay que molestar a la gente’”.
Reconoce que aprendió a lidiar con personajes de la política o del mundo del espectáculo que llegaban al “mundo exterior”, refiriéndose a las otras mesas del comedor.
Uno de los momentos más especiales que vivió en La Canasta fueron sus quince años, para los que el restaurante cerró sus puertas, por la noche, por única vez.
Sobre el reconocimiento que PLAYERS otorga a su mamá, confiesa que le da mucho sentimiento, pues a ella le hubiera encantado recibirlo.
“Cada que le reconocían algo se sentía apachaca, sentía que tanto trabajo y tanto sacrificio era visto por la gente, y que no fue en balde. Para mí es un honor y me llena el corazón saber que sigue conmigo y con mi hermano, pero también con una comunidad tan grande, y que es parte de un legado gastronómico, cultural y social muy importante”.
Con “la piel de gallina”, Elisa sabe que donde Gache esté, está muy orgullosa de que su sueño continúe vivo, pero sobre todo con tanto éxito.
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