LOS MANUELITOS DE GUANAJUATO

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A estas alturas, la mayoría de los mexicanos y algunos más en el extranjero, ya sabemos quien es Feliciano, mejor conocido como “Manuelito”, el niño tzotzil que fue humillado por un funcionario público de Villahermosa. Según la versión del menor para la Procuraduría de aquél Estado, también fue víctima de jaloneos y robo de mercancía.
    La historia de Feliciano Díaz es la de mucho indígenas en el país: aguantar humillaciones, discriminación, y en el mejor de los casos solo queda ahí.
    Me gustaría hacer una separación: no es lo mismo indígena que indigente, a éstos últimos sí estoy en contra de apoyarlos económicamente, pues para salir adelante siempre hay oportunidades, y en algunos casos es más fácil pedir dinero que tratar de ganarse la vida trabajando honradamente.
  Retomando el tema del pequeño Feliciano, según los reportes de los diarios locales el pequeño de origen chiapaneco viajó a Tabasco con una tía para vender dulces y cigarros, y así costear sus útiles y zapatos para el próximo regreso a clases. La imagen es muy clara, las lágrimas del pequeño al momento de tirar sus dulces al piso son tan contagiables que es imposible no solidarizarse con él; segundos después hay otro sujeto ayudándolo a juntar su mercancía mientras el pequeño se lleva las manos a la cabeza en señal de desesperación.
   ¿Ha tratado de ayudar a un niño que vende en la calle? Este tema es de estudios y muestras, con los cuales no cuento ¿Pero se ha dado cuenta que hay niños que le piden una moneda y desisten al primer no? Hay otros pequeños que se ofertan productos y si el cliente da una negativa, piden comida. Hay una diferencia entre ser cómodo y tener hambre.
   Tanto en León, Guanajuato, San Miguel de Allende, Irapuato y Salamanca, que son los municipios que más visito, hay niños pidiendo en la calle, no podría explicar qué niños son los que posiblemente sufren de explotación laboral, pero sí le puedo decir que cuando un niño trabaja por necesidad y que no es un indigente en potencia, le oferta algún producto o le pide comida, no es para comer.
   En León por ejemplo, había un niño que todos los martes y jueves tenía su “ruta” de trabajo por la calle Fuego, cerca del Campestre, siempre que iba a visitarnos a esa oficina, llevaba una enorme canasta llena de golosinas: bombones, tamarindos, chicles, paletas y mazapanes. Un día que decidí bajar mi consumo de azúcares, le dije que ya no le podía comprar y su respuesta con los ojos quebrados fue confesarme que si no vendía lo suficiente, no podría ir a la escuela, pues ese era su trabajo; el premio de cada día era ir a aprender.  Quise preguntar quién no lo dejaba o si trabajaba para alguien, y solo me respondió que así trabajaban él y sus hermanos, pues “Mamá” les pedía el gasto. Ese día, la oficina completa tuvo golosinas para el resto de la semana, en lo que el pequeño regresaba.
    Otro caso es el de “José” un niño que vende tortillas de maíz azul, gorditas y vegetales en la carretera a Celaya, en San Miguel de Allende. En los restaurantes de ese lado de la ciudad se congregan para el desayuno dominical. José y sus dos hermanitos son quienes venden a los comensales, mientras en un espacio cerca están sus dos hermanas más grandes (como de 13 años) quitándole las espinas a los nopales y armando las bolsitas de lo que venden los mas pequeños. El pequeño José un día me ofreció tortillas y al ver que tenia calabazas le pedí todas las bolsitas que tuviera, sacó siete y dijo que aun podía conseguir más; cuando me las entregó dijo entrecortado “me da de comer?”, le cedí una quesadilla y le pregunté si quería otra cosa, con una sonrisa de oreja a oreja me respondió con la cabeza que no.
  ¿Y donde están los papás de estos niños? ¿También vendiendo y haciendo las tortillas? ¿O tomándose un descanso mientras los hijos trabajan? Sí es bueno inculcarle el sentido del trabajo y el “nada será sencillo” a los niños ¿pero con tal rudeza? Podría contarles mas historias sobre casos de pequeños trabajadores, pero se nos agota la extensión. Sí estoy a favor del no consentimiento a los infantes, pero hay límites. Cuando supe que Feliciano trabajaba para comprar sus útiles y zapatos me vino a la cabeza cómo podría ayudarlo, pero recordando que tenemos pequeños en la misma situación en nuestro Estado, será mejor ayudar a los mas cercanos.
   ¿Qué estamos haciendo para ayudar a los niños? ¿Solo los becan con libretas y lápices ahora? ¿Y qué van a comer? ¿Con qué fuerza van a estudiar? Volvemos al mismo punto: en materia de educación nos falta muchísimo camino que recorrer, de la mano del desarrollo social.

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