Entre la fuerza y la intuición: Adriana Alonso y el arte de entender caballos

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A los 15 años, mientras muchos apenas exploran sus intereses, Adriana Alonso ya estaba tomando decisiones que marcarían su vida.

Entre potros por amansar y primeras clases por impartir, descubrió que lo suyo no era un hobby: era un camino.

Cuando cumplí 15 años comencé a dar mis primeras clases y amansar potros… fue ahí donde me di cuenta que me quería dedicar 100% a los caballos”, recuerda.

No estaba sola. Desde el inicio, la figura de su padre fue clave: guía, respaldo y cómplice en una vocación que crecía con cada jornada en el corral.

Ese vínculo temprano no solo le dio herramientas, también le enseñó a enfrentarse a lo que, para muchos, sería intimidante.

Algo que me retó un poco fue trabajar con animales muy grandes y fuertes, pero nunca fue un obstáculo porque mi papá siempre ha estado ahí para apoyarme”. En ese equilibrio entre respeto y valentía comenzó a forjar su estilo.

Pero la historia no se quedó en la intuición ni en la práctica, hubo una pausa necesaria, una decisión que hoy agradece: “Yo había tomado la decisión de no estudiar… pero mis papás me dijeron que tenía que tener una carrera y lo agradezco mucho porque es lo que actualmente estoy ejerciendo”. Esa formación profesional no solo complementó su experiencia, la transformó.

Especializada en reproducción equina, Adriana encontró un nuevo nivel de conexión con los caballos, particularmente con las yeguas.

Me impresiona cómo cada una es muy diferente… el preparar a las yeguas para crear vida es maravilloso”, dice y en esa observación hay algo más profundo: una lectura casi intuitiva de los ciclos, los cuerpos y la vida misma.

Porque si algo define su trabajo, es la sensibilidad. No se trata de dominar, sino de entender. “Es importante tener mucha comunicación por medio del lenguaje corporal… al tú entenderlos se genera una mejor relación caballo/jinete”, en ese diálogo silencioso, donde cada gesto importa, se construye la verdadera equitación.

La confianza, en su mundo, no es un concepto abstracto: es una práctica diaria. “La confianza se construye día con día, es difícil de ganarla y fácil de perderla”, afirma.

Por eso su método es claro: precisión, sutileza y, sobre todo, seguridad, cada indicación es un puente; cada respuesta, un reflejo.

A lo largo de su trayectoria, no han sido pocos los caballos que la han marcado. Curiosamente, no los más dóciles.

Caballos difíciles… que me han enseñado muchísimo, que me han recordado mi capacidad y valentía”. Ahí, en el reto, es donde Adriana encuentra su espejo.

Hoy, más allá de entrenar, su motor es compartir. “Me encanta poder ayudar a estos seres tan hermosos, incluso ayudar a personas y compartir con ellos mi conocimiento”.

Y eso es, quizá, lo que define su esencia: una entrenadora que no solo forma jinetes, sino vínculos.

En un mundo donde la fuerza suele imponerse, Adriana Alonso demuestra que la verdadera conexión se construye desde lo invisible y desde la paciencia, desde ese lenguaje que no se dice, pero se siente.

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