Antes de convertirse en un lugar al que se vuelve —por el café, por la calma, por la sensación de hogar—, Ocaso Saltillo fue una conversación íntima.
Un sueño dicho en voz alta antes del matrimonio, cuando
Rebeca Salas y Jacob Ojeda imaginaron una cafetería propia como quien imagina futuro.
“Antes de casarnos ya teníamos claro que queríamos emprender juntos”, recuerdan. Ese deseo tomó forma primero en una barra de café para eventos, financiada con su propio ahorro, y sostenida con paciencia y constancia.

Mientras la barra crecía, Jacob comenzó a profundizar en el tueste y la preparación de bebidas; Rebeca, en cambio, se volcó al diseño y la estructura del proyecto.
Dos caminos distintos, una misma visión. “Me impresionó la pasión y la excelencia con la que mi esposa hace las cosas”, dice Jacob. Ella responde desde el otro lado de la barra:
“Yo vi cómo Jacob se entregaba a cada receta, desde los jarabes hechos desde cero hasta la búsqueda del grano ideal”.

Un año y medio después llegó el siguiente paso: buscar un local. Con él, también el miedo. El temor a que el concepto no funcionara, a que el esfuerzo se perdiera. Pero Ocaso avanzó igual.
“Tener nuestras prioridades bien ordenadas es lo que nos ha permitido cuidar nuestra relación, nuestra familia y el negocio”, comparten. La clave ha sido esa: entender que el emprendimiento no sustituye la vida, la acompaña.

En el centro de todo está la fe. “Dios puso el amor, la pasión y las posibilidades para este proyecto”, afirman. Esa convicción es la que los sostiene y los impulsa a no rendirse, incluso en los días largos.
Y también está la gente. Ver a los clientes volver, quedarse, hacer de Ocaso parte de su rutina. “Lo más gratificante ha sido la respuesta diaria, incluso las amistades que nacieron aquí”.

Hoy, Ocaso se piensa como un refugio cotidiano: un espacio cálido, cafés bien hechos y momentos que se quedan. Mañana, quizá, más sucursales.
En la ciudad, en el estado, tal vez en el país. “Soñar es bonito”, dicen, “pero más importante es no perder la pasión, la calidez y la calidad”. Y eso, como el buen café, se cultiva todos los días.



