Sofía Segovia: a una década de “El Murmullo de las Abejas”

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En 2015, un zumbido nacido en Linares empezó a viajar por el mundo: la historia que Sofía Segovia escribió en “El murmullo de las abejas”, destinada a resonar en 22 idiomas.

En el corazón de la novela está Simonopio, un niño de sensibilidad extraordinaria, y la comunidad que lo rodea. Sofía logra que cada detalle —desde el zumbido de las abejas hasta los silencios de los personajes— se sienta cercano y, al mismo tiempo, universal.

Ha pasado una década y, frente a la edición conmemorativa de pasta dura e ilustrada, la autora contempla su obra con gratitud y asombro, como quien disfruta de un viaje que todavía no termina.

“10 años se dicen fáciles, pero para las novelas no lo son”, reconoce. “Me gusta pensar que celebramos esta década… y que empieza otra”, dice la también autora de “Peregrinos” y “Huracán”.

El éxito internacional de “El murmullo de las abejas”, editado por Penguin Random House, no se mide solo en ventas o reconocimientos, sino en la emoción que despierta. Sofía recuerda que uno de los mayores regalos de la escritura es escuchar a sus lectores.

“Que alguien me diga que lloró con Simonopio o que vio en él algo de su propia vida me recuerda por qué escribo”, dice.

Ese contacto directo, ese intercambio de emociones, es la prueba de que la literatura tiene un poder único: conectar personas distintas en experiencias compartidas, sin importar el idioma ni la geografía.

El murmullo en todas partes

Contra todo pronóstico editorial, “El murmullo de las abejas” viajó más lejos de lo que muchos creían posible. 

“Me dijeron: ‘Las novelas mexicanas no viajan tan fácil.’ Y yo pensé: ¿cómo que no? Todas las novelas son regionales”, cuenta entre risas. “Yo sí veía mi novela en todos lados”, añade.

Y así fue. Lectores de Rusia, Bulgaria, España, la Patagonia o Estados Unidos le escriben para decirle que su historia los llevó “a la tierra de sus abuelos”, que los regresó a un origen íntimo, sin importar el continente. 

Quizá esa es la clave: Sofía escribe desde lo humano, desde lo pequeño, desde lo que respira. “Estamos acostumbrados a ver la historia en cifras y fechas, pero yo puedo contar lo humano. Eso nos conecta”, dice.

Esa conexión nace también de su disciplina y su intuición. Sofía escribe “con la tripa”, dice, pero también con una conciencia plena del oficio: “La literatura es arte, pero también es una ingeniería. Si falta un elemento, la construcción se desploma”, advierte.

Por eso construye diálogos que funcionan, personajes que respiran, descripciones que no se vuelven listas de adjetivos. Y en sus talleres, actividad que empezó a ejercer desde antes de ser escritora, comparte ese saber con generosidad.

Pero el motor último, confiesa, es el miedo. El miedo como alerta, como impulso, no como freno. “Escribir es tener miedo”, dice. “Pero hay miedos que son motor y otros que paralizan. He aprendido a ser valiente, a conquistar el miedo sin eliminarlo”, agrega.

Para sostenerse, usa mantras. Uno se lo dijo su padre, cuando temía hablar frente a alguien importante: “Nadie sabe más que tú sobre tu novela”. Otro, más terrenal, le recuerda que no puede gustarle a todos: “No soy monedita de oro”.

Lo que sí tiene claro es que la literatura no pertenece a unos cuantos. “Todos podemos contar una historia. No todos vamos a llegar a la Selección Mexicana —dice entre broma y verdad— pero todos podemos jugar”, dice.

Y ante quienes creen que deben ser elegantes o grandilocuentes para escribir, ella responde con firmeza: “Lo importante es la historia, no las palabrotas que el escritor ha coleccionado”, señala. La misión es que el lector viaje, no que se detenga en el diccionario.

Si Sofía pudiera hablar con la mujer que terminó el manuscrito hace una década, solo le diría: “Síguele”. Porque todo —el impulso, la fe, el alcance inesperado— fue una construcción nacida de aquella certeza inicial: “Yo veo mi novela en todos lados”.

Así comenzó este vuelo, hoy infinito.

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