La belleza del caos: ¿Por qué el diseño de interiores hace que un restaurante triunfe o quiebre?

Más allá de la estética: el diseño de interiores es una decisión financiera que define si un restaurante sobrevive o quiebra antes de los tres años

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10 Min Lectura

Por Marco Martín

Cada año, más o menos por estas fechas, hago un ejercicio que no le recomiendo a nadie: busco la lista de aperturas de Guadalajara de tres años atrás y cuento cuántas siguen de pie. Nunca son tantas como uno recuerda. El ruido de una inauguración distorsiona bastante la memoria. Lo que me interesa de esa cuenta no es el número. Es la causa.

Casi ninguna cerró por falta de belleza. Varias eran hermosas, y algunas siguen circulando en redes con más vida digital que operativa. Cerraron por otras cosas: una cocina que a las nueve de la noche de un viernes no daba abasto, un comedor con veinte lugares menos de los que la renta exigía. Ninguna de esas suena a decisión de diseño de interiores, y todas lo son.

El malentendido es antiguo y le conviene a todos. En la conversación pública de un restaurante, el diseño ocupa el lugar del adjetivo: se habla del ambiente, de la atmósfera, de que está increíble el lugar. Casi nunca se dice que es la partida más grande de la inversión inicial, ni que es la única que no admite corrección el lunes siguiente.

La carta se ajusta esa misma semana. Un muro mal colocado se queda ahí los diez años del contrato“

Marco Martín es fundador y director creativo de MM Estudio Interior, estudio especializado en el diseño de restaurantes, hoteles y centros de consumo en México y Estados Unidos.
¿Por qué quiebran los restaurantes en sus primeros 3 años?

Casi nunca es por falta de belleza o marketing. Quiebran por errores de diseño funcional: cocinas con espacios insuficientes, mala distribución de metros cuadrados y ahorro en materiales que elevan los costos de operación diaria.

Diseño del espacio: La regla invisible entre cocina y comedor

Restaurante El Cokin

La primera cifra que reviso en un proyecto no tiene relación con el estilo. Es la proporción entre lo que ve el comensal y lo que no: sala contra cocina, lavado, almacenes y cámaras.

En El Cokin Chapalita, la marisquería que diseñamos para Grupo Campomar en Guadalajara, esa proporción terminó cerca del 70% del lado invisible. Sobre plano parece un error de rentabilidad, porque son metros que no venden, y defender ese argumento frente a quien financia la obra no es una tarde agradable. En operación pasa lo contrario.

El producto fresco ocupa espacio, la merma castiga, y una cocina de mariscos tiene un ritmo que no se negocia. Cederle esos metros al comedor habría comprado rentabilidad en el plano a cambio de un colapso el primer sábado.

A unos kilómetros, en un italiano del mismo estudio, invertimos la proporción y la sala se lleva la mayor parte de la superficie. También está bien. No existe un ratio correcto en abstracto; existe el que corresponde a ese concepto y a ese volumen. Una buena parte de los proyectos que no prosperan copiaron la planta de un restaurante que admiraban, que es copiar la respuesta a una pregunta ajena.

Capacidad vs. Operación: El impacto de la densidad en la rentabilidad

Restaurante La Jollita

Llega siempre el momento en que alguien pregunta si cabe una silla más. Casi siempre cabe. La pregunta real es si la cocina puede servirla y si quien se siente ahí va a gastar lo mismo que el de la esquina.

En La Jollita, el proyecto que hicimos para Grupo Los Arcos en La Jolla, California, 334 metros cuadrados sostienen 152 comensales. Es una densidad alta y fue deliberada: esa renta no perdona metros vacíos. En Guadalajara, con el mismo tipo de cocina y otra estructura de costos, terminamos separando las mesas.

La densidad se discute como si fuera una preferencia estética —se siente amplio, se siente lleno— y en realidad es una decisión financiera.

Mueve el ticket promedio y mueve lo que el comensal cree estar comprando. Se toma con números o se toma por omisión.

Errores en la obra que destruyen el margen operativo

Restaurante Donatella

Todo proyecto llega a la junta del recorte. He estado de los dos lados de esa mesa y he perdido esa discusión más veces de las que me gustaría admitir. Hay dos maneras de recortar:

  1. La que baja el costo sin tocar la función: Otro material que resuelve lo mismo, un detalle constructivo más simple.
  2. La que baja el costo de la obra y le traslada la cuenta a la operación: El piso que habrá que reponer en dos años, la extracción insuficiente que se paga cada mes en aire acondicionado, los diez minutos extra que le cuesta al equipo montar el mobiliario cada mañana.

Lo segundo no es un ahorro, es un préstamo, y lo liquida el negocio todos los días que permanezca abierto. Casi nunca se distingue en esa junta, porque distinguirlo obliga a hablar de operación cuando todo el mundo quiere hablar de obra. Y es la única ventana en la que el diseño sale barato: mientras el proyecto todavía es un plano y todavía se pueden mover paredes.

El arte y la estrategia: Trabajo a dos hemisferios

Restaurante Barbarella

Se ha vuelto costumbre separar el arte del negocio, como si fueran dos conversaciones que se toleran por conveniencia. Este oficio no funciona así. Se trabaja con los dos hemisferios encendidos, y el orden importa: primero nos volvemos locos.

Antes de la primera hoja de cálculo hay semanas en las que el equipo y yo construimos un mundo que no existe. Discutimos qué se siente al entrar, de dónde viene la luz a las nueve de la noche, qué debería estar sonando, qué material da ganas de tocar sin que uno se dé cuenta de que lo está tocando. Es la parte del trabajo donde no hay restricciones y donde nace todo lo que después vale la pena defender.

Después entra el otro hemisferio, con la renta, la nómina, el flujo de la cocina y los metros que no venden. Un mundo de fantasía que no aguanta un viernes lleno es un decorado. Un restaurante eficiente sin ese mundo es un comedor.

Cuarenta y cinco minutos fuera del mundo

Lo que un comensal compra, al final, es tiempo. Cuarenta y cinco minutos, hora y media si el lugar lo merece, en los que alguien deja de estar donde estaba. Sale de su contexto, baja la guardia y conversa distinto. Ese desplazamiento es lo que hace que la gente regrese, lo que sostiene el ticket promedio y lo que ninguna campaña compra a largo plazo. El diseño es el vehículo, y por eso es una inversión y no un gasto.

Ahí está lo que me sigue pareciendo lo más interesante de este trabajo. En un momento en que casi todo se puede generar, replicar y automatizar, lo que ocurre en una mesa no. En los restaurantes que hemos diseñado se han celebrado cumpleaños, se han cerrado negocios, alguien sacó un anillo del saco y alguien más tuvo una primera cita que empezó incómoda y terminó bien. Cada silla y cada mesa fue testigo de un momento que para esas personas fue un parteaguas.

Ninguna de ellas supo jamás por qué esa mesa estaba exactamente ahí, ni a qué altura colgaba la luz, ni por qué se oían y no se oían las conversaciones de al lado. Ese es el trabajo. Y ese, en los libros, también es el negocio.

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