Ernesto González Cárdenas

Por

En esta ocasión, como en algunas otras colaboraciones, cedo la pluma a mi estimado amigo Alberto González Domene, quien con su singular estilo nos narra aspectos de la vida de su padre.
Ernesto González Cárdenas, mi padre, nació en Nadadores, Coahuila, al iniciar el Siglo XX, el 24 de noviembre de 1901; fue descendiente de los aguerridos colonizadores del desierto del norte de México y descansó en la paz de Dios en su querido Torreón, el 28 de mayo de 1962. Niño aún, emigró con su familia de la Villa de Nadadores a San Pedro de las Colonias, iniciando sus estudios primarios en la Escuela Centenario de Torreón. En 1919 completó su carrera en la Escuela de Comercio y Administración de la Ciudad de México comenzando a trabajar muy joven en actividades agrícolas, comerciales e industriales, tanto en Torreón como en Coahuila, Durango, Chihuahua, Nuevo León y Tamaulipas, fueron testigos de ello siendo pionero de la agricultura algodonera en las ciudades de San Pedro, Torreón, Delicias, Chihuahua y Matamoros, Tamaulipas. Fue miembro fundador de varias compañías algodoneras, llegando a formar a fuerza de tesón y trabajo cotidiano una próspera fortuna. Sus hermanos menores tuvieron la dicha de tenerlo como bienhechor, ya que sacrificó parte de su economía familiar para proporcionarles formación universitaria. El Dr. Antonio, el Lic. Octavio y el Dr. Rodolfo González Cárdenas terminaron carreras en la Ciudad de México.
    El 2 de agosto de 1928, durante la persecución religiosa, contrajo matrimonio con mi madre, Elena Domene de González, procreando cinco hijos: Ernesto, Elena, María Estela, Alberto y Carlos Gerardo González Domene. Hoy sobrevivimos mi hermana Elena y yo.
    La historia de mi padre fue una larga cadena de luchas fecundas participando en diversas obras de beneficencia que abarcaron medio siglo de constantes esfuerzos. Agricultor, comerciante de algodón, fundador y accionista de varias empresas, derrochó su extraordinario don de gentes en la sociedad de su tiempo. Fundador de algodoneras, la de Torreón, la del Río Nazas, Ernesto González Cárdenas e hijos, y creador de la inmobiliaria Río Nazas; llegó a ser el primer Presidente de la Asociación Algodonera de La Laguna, AC, puesto que ocupó en tres ocasiones, ahí se realizaron muchas obras en beneficio de la Comarca Lagunera. Figuró también como consejero de instituciones bancarias, financieras e industriales, como la Compañía Industrial de Parras y el Banco Lagunero, perteneciendo a la directiva de la mayoría de las cámaras locales, siendo digna de mencionarse la representación que le confirió el Estado de Coahuila en el Patronato para la Investigación y Fomento Agrícola en la que representó al Estado.
    En alguna ocasión me aconsejó algo que nunca olvidaré: “Cuando trates con cualquier persona siempre ponte en su lugar antes de tomar una decisión”. En otra oportunidad, cuando asoló a la Comarca Lagunera la tremenda crisis de 1958 (que hizo emigrar a miles de laguneros y en la que se vaticinaba que solo los coyotes terminarían aullando en el centro de la ciudad), me dijo: “La Laguna en su historia, siempre ha padecido severas crisis, pero siempre se ha levantado de ellas con mayor empuje; ahora que la gente se está yendo les demostraré esta verdad con hechos: invertiré gran parte de mi patrimonio en la construcción del edificio González Cárdenas frente a la Plaza de Armas”.
    Mi padre fue un hombre extremadamente generoso con toda la gente que encontró a su paso, poniéndonos el ejemplo de amar y servir en todo; en su desempeño en el mundo de los negocios fue señalado como un hombre inteligente y de gran visión que ayudó en múltiples actividades benéficas y religiosas. Presidente del Comité de Ayuda Social, proporcionó despensas a un número considerable de personas necesitadas; fue colaborador de la Casa de Jesús, La Ciudad del Niño, el Instituto Francés de La Laguna, La Casa Íñigo, la Escuela Técnica Industrial y del Centro de Información y Acción Social. Su simpatía y entrega le permitió gozar de general estimación tanto de parte de personas sencillas y humildes como acaudaladas. Cumplió su misión en la tierra como hijo, esposo, padre, hermano, suegro, abuelo, amigo, feligrés y ciudadano lagunero, siendo compañero de todos en penas y alegrías.
    A los sesenta años de edad comenzó a experimentar el sufrimiento de una enfermedad que terminó con su vida. Aceptó el sufrimiento como elemento purificador del alma. Con gran fortaleza dictó las últimas disposiciones para el bienestar futuro de nuestras familias, poniéndose en las manos de Dios. En su lecho de muerte le di en la frente, con eterno agradecimiento, el último beso de despedida.

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