Saltillo enseña a mirar lejos. Las montañas están ahí todo el tiempo y el horizonte nunca se cierra. En ese paisaje creció Karla Susana Wheelock Aguayo, sin saber que esa línea entre la sierra y el cielo terminaría marcando su forma de caminar por el mundo.
Desde el norte de México, Karla construyó una carrera que la llevó a las cumbres más altas del planeta. Es alpinista de talla internacional y la primera latinoamericana en ascender el Everest por la cara norte. No fue un golpe de suerte ni una hazaña aislada: fue el resultado de años de disciplina, preparación y resistencia mental.

El paisaje mental de la infancia de Karla tiene pinos, riachuelos, cielos amplios y montañas que custodian el horizonte de la sierra de Zapalinamé. Crecer en Saltillo significó para ella observar, convivir y admirar la belleza de la naturaleza saltillense.
“Los atardeceres hermosos de Saltillo, anaranjados, rosas, morados, celestes, los tengo en mi mente y mi corazón desde que era niña”, dice.
A sus 57 años, Karla Susana Wheelock Aguayo asegura vivir sin nostalgia y con gratitud. Esta conversación no es un recuento de logros, sino una exploración profunda de cómo se forma el carácter cuando alguien aprende temprano a caminar hacia lo desconocido.
“Crecer en Saltillo fue una bendición, sobre todo por haber crecido rodeada de montañas. Amo lo que en su momento me aportaron y estoy profundamente agradecida por su belleza y generosidad.”

La nieve que encendió el alma
Saltillo no es una ciudad de glaciares. Precisamente por eso, la nieve tiene algo de milagro y responsabilidad. Karla recuerda con nitidez aquel día en que, siendo niña, la temperatura bajó a cero y las clases se suspendieron. El jardín cubierto de blanco y luego, al despejarse el cielo, las montañas alrededor de la ciudad vestidas de nieve.
Ese contraste entre lo cotidiano y lo extraordinario instaló una pregunta que la acompañaría durante años: ¿y si lo intento? Desde entonces, la montaña dejó de ser paisaje y se volvió posibilidad.
Tenía alrededor de diez años cuando subió su primer cerro en Arteaga. Para cualquier adulto pudo haber sido una caminata; para ella fue un ascenso verdadero. Recuerda la sonrisa constante, la alegría física, la sensación de haber llegado más lejos de lo esperado.
Años después, la aparición del Popocatépetl marcó un antes y un después. Ya no se trataba de cerros conocidos de la ciudad en la que nació, sino de un volcán que exigía preparación, equipo, disciplina. Fue entonces que Karla entendió que el deseo por sí solo no bastaba.
En su primer intento alcanzó la cumbre. “Fue amor a primera vista”, recuerda. Una revelación que le aceleró el pulso y redefinió su rumbo: ese día decidió que seguiría subiendo montañas. Y lo ha cumplido. En ese proceso apareció Iván Loredo, quien se convertiría en su primer entrenador y pieza clave en su formación.

Aprender a caminar de madrugada
Por aquel entonces, Karla recortaba envolturas de chocolates suizos con imágenes de montañas para decorar sus cuadernos. La naturaleza, el reto físico y el deseo de ir más allá comenzaron a entrelazarse sin que ella lo supiera del todo. “El amor por las montañas siempre estuvo ahí”, recuerda.
El alpinismo no romantiza la improvisación. Años después, en su primer ascenso al Popocatépetl, Karla aprendió lecciones importantes: empezar a caminar de madrugada, respetar la altitud, hidratarse, respirar con conciencia, avanzar con pasos pequeños y firmes.
Pero sí hubo una enseñanza más profunda: cada paso es un ejercicio de la voluntad. “Si tienes claro tu objetivo, es más fácil alcanzar la meta”, explica. No como una cantaleta motivacional, sino como una verdad repetida y comprobada a lo largo de su vida.

El miedo que no congela
Karla habla del miedo con una mezcla de escucha y respeto. En vez de “domarlo”, prefiere decir que hay que “abrazarlo”.
Al principio lo enfrentaba como un adversario y no permitía que la frenara. Con el tiempo entendió algo más profundo: no se trata de ignorarlo ni de vencerlo, sino de reconocerlo y aprender a convivir con él.
“El miedo te da la información que necesitas para prepararte mejor”, afirma. Aprender a escucharlo la volvió más atenta y más consciente al momento de ascender. También más fuerte, no solo en la montaña, sino en la vida.
Montañas invisibles
Comenta que para ella no todas las cumbres tienen nieve y habla de que algunas murallas se levantan en silencio en la mente.
La muerte de su madre. Un divorcio. La pérdida de compañeros de equipo. La enfermedad de los seres queridos. Karla nombra estas experiencias como montañas personales, algunas subidas en soledad, otras acompañada. Cada una, en su momento, fue la más difícil.
No hay dramatismo en su relato. Para Karla, la montaña no distingue entre lo físico y lo emocional: ambas dimensiones exigen la misma claridad mental.
Treinta y cinco años después
Después de más de tres décadas subiendo montañas, algo cambió. O, mejor dicho, se afinó.
Al inicio, el deporte, el reto y el amor por la naturaleza guiaban cada paso. Con el tiempo, la montaña le enseñó que el desafío real empieza cuando nadie aplaude.
Hoy, Karla escala acompañada. Valora profundamente la calidad de la compañía. A veces hay cumbre, a veces no. Ambas posibilidades son válidas. “Eso aplica también en mi forma de vivir”, afirma.
“A lo largo de la historia, el ser humano ha buscado ascender montañas porque enfrentarse a la dificultad y a la adversidad le permite descubrir capacidades y habilidades que no sabía que tenía.”
Hacer cima hoy
Más allá de la fama, Karla menciona que hacer cima significa que el esfuerzo trasciende lo personal. Para ella, ver a otros alcanzar sus sueños multiplica la esperanza. Habla de la cima como ese momento en que el esfuerzo deja de doler y todo encaja: el frío, la espera, las dudas.
Se hizo famosa por su determinación y la usó como plataforma para enseñar lo que la montaña, a la que llama la Gran Maestra, le ha enseñado, en particular en sus conferencias y talleres, en los que comparte sus aprendizajes con jóvenes.
Como dicen los tibetanos, recuerda: “la verdadera grandeza está en reconocer la propia pequeñez. En la montaña, todos lo somos”.

Raíces y regreso
Su madre fue un pilar fundamental. Aunque temía por su seguridad, siempre apoyó su amor por la montaña. Menciona que ese respaldo marcó profundamente su camino.
Acompañada de sus hijas han subido al Himalaya. Comparten la experiencia, aunque no sean montañistas. La conexión está ahí, sin imposiciones.
Cada vez que regresa a Saltillo y mira la sierra, la invade la gratitud. “Fue una fortuna haber crecido rodeada de montañas”, dice, con la serenidad de quien conoce esos caminos que, en silencio, resguardan a la capital de Coahuila.

La altura de lo humano
En el presente, Karla se mueve entre proyectos de liderazgo con jóvenes desde su rol como presidenta de la Fundación KW, la escritura de cuentos infantiles y nuevos ascensos que aún no revela del todo. Sigue preparándose, con las mismas ganas que lo hizo de niña, para la siguiente cumbre.
Habla con la misma claridad con la que escaló las siete cumbres más altas de cada uno de los continentes: sin prisa, sin adornos. Y menciona que si pudiera hablar con la Karla de quince años, le diría que siga soñando en grande, aunque no todos lo entiendan. Que confíe. Que el camino será difícil y, aun así, maravilloso.
Frente a la prisa contemporánea, Karla propone otra lógica: avanzar paso a paso, con conciencia, con respeto por el proceso. Desde Saltillo hacia el mundo. Desde la montaña hacia lo humano.



