Cuando los milagros ocurren…

Cuando los milagros ocurren…

La exitosa historia de una mujer que, pese a tenerlo todo en contra, logró construir un millonario imperio

Carlos A. Esparza Deister
7 octubre, 2019

Los nombres de marcas o productos forman parte de nuestra vida desde que tenemos uso de razón, incluso en ocasiones son las primeras palabras que dice un niño. Con el paso del tiempo, y motivado en gran medida por las campañas publicitarias, se van arraigando en la mente y vocabulario. Mary Kay  es una de esas marcas que casi todos conocen, sobre todo las mujeres. Es una empresa de cosméticos que factura millones de dólares cada año, una compañía reconocida a nivel mundial por sus productos. Pero hay algo que la hace única: la extraordinaria historia de su fundadora Mary Kay Ash, relatada en su libro autobiográfico Ocurren los milagros.

A mediados del Siglo XX ser mujer era muy complicado, incluso en Estados Unidos. Mary Kay nació en Houston, Texas y desde pequeña tuvo grandes responsabilidades. A los 7 años cuidaba a su padre enfermo, pues la madre tenía que trabajar todo el día para sostener el hogar; a esa corta edad cocinaba e incluso si requería algún artículo viajaba sola en tranvía al centro de la ciudad para comprarlo. Su madre la alentaba siempre, “Tú puedes, cariño” y esas palabras quedarían grabadas en su mente para toda la vida. Tiempo después se casó muy joven, trasladándose a Dallas en donde nacieron sus tres hijos, Ben, Marylyn y Richard.

Años más tarde tuvo problemas con su esposo, quien solicitó el divorcio y se olvidó pronto de sus hijos, dejándole toda la responsabilidad. En esos tiempos una mujer no conseguía trabajo fácilmente, mucho menos si era divorciada, y si tenía suerte de ser contratada el salario era insuficiente. El único empleo que le dio cierta estabilidad económica fueron las ventas, convirtiéndose en vendedora de Stanley Home. Desde un principio, Mary mostró hambre de triunfo, seguramente motivada por otro consejo de su madre “Cualquier cosa que pueden hacer los demás, tú puedes hacerla mejor”.

Paulatinamente fue escalando puestos hasta convertirse en Directora Nacional de Capacitación de Ventas, pero detestaba que constantemente entrenaba a hombres que  luego eran ascendidos y terminaban siendo sus jefes, ganando el doble que ella. Luego de 25 años de arduo trabajo decidió jubilarse, pero solo duró una semana el retiro, pues puso manos a la obra para fundar su propia empresa con los ahorros de toda su vida. La misión primordial de su compañía sería otorgarle a la mujer un empleo digno, bien remunerado y con oportunidades ilimitadas de triunfar.

El producto principal serían cremas faciales, fabricadas con una fórmula secreta que había adquirido. Un mes antes de iniciar, mientras afinaba detalles junto con su nueva pareja, él sufrió un ataque mortal al corazón, un duro golpe que le afectó demasiado, pero que no evitó que continuara con lo planeado. Entonces invirtió el dinero que le quedaba y rentó un local, adquirió frascos, mesas y sillas usadas y montó su primer oficina de ventas, abriendo sus puertas el 13 de septiembre de 1963 con nueve vendedoras y su hijo Richard de solo veinte años, quien fungía como administrador.

El inicio fue muy complicado, pero jamás claudicó gracias a la mentalidad triunfadora que forjó durante 25 años como vendedora. Siempre tuvo claro cuál sería la filosofía de su empresa: inculcar a sus colaboradoras el orgullo de ser mujer. Para ello ofrecía oportunidades laborales atractivas que en ese entonces no existían, pues aun teniendo grandes habilidades, las mujeres se topaban con el llamado “techo de cristal” que truncaba sus aspiraciones, (claro, actualmente aun sucede).

Mary gustaba de  hacer sentir bien a la gente, decía que siempre imaginaba a todas las personas con un gran letrero que decía: “Hazme sentir importante” y ella lo cumplía, tratando de manera especial a quien se le acercara.  Además, motivaba  a las  personas para que salieran de su zona de confort y utilizaran  las habilidades que Dios les había otorgado: “Mira, Dios no tuvo tiempo de hacer a un don nadie,  solo a un don alguien”.

Inculcó a sus colaboradores lo que llamaba la regla de oro: ”Trata a tus clientes como te gustaría ser tratado”. La  correcta administración del tiempo era primordial en su vida, constantemente decía, “Si vas a desperdiciar un día, hazlo en grande; si vas a trabajar, entonces trabaja en grande, porque una hora de intenso trabajo vale lo que un día de sueños”. Con esa mentalidad positiva que  contagiaba a sus colaboradores, las ventas fueron incrementando.

Cada año realizaba eventos anuales donde se premiaban a las vendedoras más destacadas. Los premios eran viajes, joyas y hasta autos Cadillac color rosa. Era importante dar el reconocimiento que se merecía cada mujer y, sobre todo, demostrar al mundo que el éxito no era exclusivo de los hombres. La empresa creció de manera impresionante, pero a pesar de eso, Mary jamás despegó los pies del suelo; tenía muy presente su frase “si pierdes a tu familia camino al éxito, entonces habrás fracasado”. Para ella, lo más importante era Dios, su familia y su carrera, en ese orden; recalcaba que su compañía era exitosa porque desde el comienzo había tomado a Dios como socio. En una ocasión, un reconocido periodista estadounidense le recriminó: Llevo poco tiempo en su empresa y la palabra Dios se escucha demasiado, ¿no están usando a Dios? Ella respondió tranquilamente: No, y espero de corazón que sea a la inversa, que Dios me esté usando a  mí.

El llamado techo de cristal aún sigue impidiendo que muchas mujeres con grandes habilidades asciendan en la escalera corporativa. Pero con sus acciones, Mary Kay Ash comenzó a debilitar ese obstáculo de vidrio, que tarde o temprano caerá. Los milagros ocurren, ella misma es un ejemplo.

Fuente: “Ocurren los Milagros”, Mary Kay Ash, Santillana Ediciones Generales SA de CV, 2007

T. @carlosaesparza





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