Federico Hernández

Federico Hernández

Coffee Expert

Felipe H. Leal
13 febrero, 2018

La historia de Federico Hernández no se puede entender sin antes conocer quiénes fueron su papá y su abuelo, otros dos grandes apasionados del café que en Jalisco, y en Guadalajara en particular, desarrollaron un modelo de negocio que no solo se convirtió en una exitosa cadena de cafeterías, sino en una de las marcas más icónicas para los tapatíos.

En 1938, Manuel Hernández e Ignacio López, dos primos oriundos de Ixtlán del Río, Nayarit, comenzaron a tostar café como hobby y decidieron abrir un negocio de venta de expendio de café en los cruces de Independencia y Santa Mónica, en el Centro Histórico de Guadalajara. Café en grano y molido era todo lo que ofrecían a sus clientes en ese entonces, cuando el establecimiento atendía a sus clientes bajo el nombre de “El Dromedario”, y los primos aún encontraban en el expendio de café a su única oportunidad de negocio.

Manuel Hernández, abuelo de Federico, era quien recibía el grano verde, lo tostaba y lo vendía al público que cada mañana se arremolinaba en su negocio para comprarle una bolsita, así como para preguntarle de dónde lo traía, pues a los tapatíos de la época les llamaba la atención la consistencia y el sabor que encontraban en el café que le compraban.

“El nombre se lo pusieron los tapatíos. Cada mañana le preguntaban a mi abuelo que de dónde traían el café para el expendio, y cómo él les contaba que lo traían de Córdoba, Veracruz, poco a poco la gente empezó a identificarlo bajo el nombre de Café Córdoba”, comparte Federico, quien desde los 15 años comenzó a trabajar en la empresa.

Sin embargo, por cuestiones de registro, Manuel y su primo Ignacio no pudieron ponerle Café Córdoba, por lo que acudieron a un grupo de publicistas de aquel tiempo que les ayudaron a llegar a la conclusión de que podrían llamarlo La Flor de Córdoba, esto por la flor que brota en la planta de café antes de convertirse en grano.

“Incluso en ese momento a mi abuelo y a su primo no les gustó mucho la idea de que ‘La Flor…’ apareciera con el mismo protagonismo que la palabra Córdoba, así que optaron porque esta parte se notara más y así lo hemos mantenido hasta la fecha”, agrega Federico mientras hila una de las tantas anécdotas familiares que componen la esencia de su negocio.

Tiempo después Ignacio le vende su parte de la empresa a Manuel, y este es quien introduce a La Flor de Córdoba a una segunda etapa de crecimiento al adquirir máquinas de empaquetado que le ayudaron a controlar que sus compradores mayoristas no mezclaran el café con garbanzo u otros ingredientes que le restaran calidad y sabor a su producto.

“Lo dueños de las tiendas de abarrotes fueron quienes, con tal de abaratar sus costos, empezaron a tener estas malas prácticas con el café de mi abuelo, pero rápido se corrió la voz de que el producto se vendía completamente sellado en la tienda del centro de Guadalajara y nuestro consumidor final, que es al que siempre tratamos de llegar, buscó a mi abuelo para comprarle a él, a La Flor de Córdoba”, explica Federico.

“Ahora sí que mi abuelo fue el industrial de la empresa, el que catapultó el negocio, ya que, de ser solo un expendio de café, lo llevó a ser algo más a gran escala, gracias a la compra que hizo de máquinas, de elevar los niveles de producción de sobres de café y de aumentar su volumen de desplazamiento por todo Jalisco, Colima y Nayarit”.

Federico no tuvo oportunidad de conocer a su abuelo, quien murió en 1976, poco después de introducir a La Flor de Córdoba en el mundo industrial, pero sí sobre su legado, trabajo y disciplina, valores que heredó a las generaciones de hijos y nietos que le siguieron y que ahora dirigen su negocio de vida.

“Al fallecer mi abuelo, en 1976, mi papá tomó la dirección general de la empresa y, aunque en ese tiempo el fuerte de La Flor de Córdoba todavía era el sobrecito de 10 gramos, mi papá ya traía la idea de abrir cafeterías, por lo que en la tienda del centro comenzó a experimentar con la venta de café americano y espressos”, detalla.

“Mi abuelo le pidió que se dedicara solamente a la venta de sobrecitos, pero mi papá se dio a la tarea de hacer ambas cosas y de darle más presencia a la marca en cuestión de cafeterías. Así que, para inicios de los años 70, mi papá ya tenía sus primeras cafeterías en centros comerciales como Plaza Patria, un lugar en el que continuamos con excelentes resultados”.

Bajo la administración del papá de Federico, también de nombre Manuel, como el fundador, la cadena de cafeterías de La Flor de Córdoba arrancó su etapa de consolidación y se extendió por diferentes puntos de Guadalajara hasta llamar la atención de inversionistas locales y nacionales.

“A la par del éxito de las cafeterías que mi papá abrió a lo largo de su administración comenzaron a buscarnos para replicar nuestro modelo de negocio en otros espacios. Como empresa no sabíamos cómo estructurar el esquema de franquicias, y tuvimos que meternos a estudiarlo a detalle para conocer sus implicaciones y lo que como marca debíamos cuidar para no sacrificar la reputación que mi abuelo y mi papá habían construido durante años”, relata Federico, con vaso de café en mano.

De hecho no es hasta el nombramiento de Federico como director general de La Flor de Córdoba que la marca trabaja en los lineamientos de identidad y en el modelo en el que inversionistas pueden comprar una franquicia, decisión que conduce a la empresa cafetera a multiplicar su número de cafeterías de 12 puntos de venta en 2012 a 53 para inicios de 2018.

“El tema de franquicias ya lo habíamos trabajado como empresa desde antes, con los distintos acercamientos que habían existido con mi papá, pero realmente fue hasta 2012 y 2013 que comenzamos a reforzar la identidad corporativa del negocio, esto para uniformarlo y, desde luego, para generar un estandarte que nos permitiera ofrecer un modelo integral de negocio. A partir de entonces fue que desarrollamos un concepto de cafetería que combinara la nostalgia del pasado y la ergonomía del presente”, explica.

“Como tal no teníamos una imagen de cafetería. La gente entraba a una u otra sucursal y se encontraba con elementos que no la hacían sentirse en un espacio propio de la marca, y por eso es que nos pusimos a desarrollar encuestas con nuestros usuarios para percibir lo que les gustaba de nuestros productos y servicios, y así dar con el punto medio entre lo que el mercado nos exigía y lo que nosotros queríamos comunicar como parte de nuestros valores y tradiciones”.

En 2012, que fue cuando La Flor de Córdoba inició su proceso de modernización, Federico contaba apenas con 23 años, aunque ya desde los 15 participaba en distintas áreas del negocio familiar como barista, supervisor y finalmente como director adjunto de su padre, quien en 2015 decide quedarse únicamente como miembro del Consejo Directivo de la empresa para que Federico tome la estafeta generacional e introduzca a la cadena en la era en la que hoy se encuentra.

“Cuando tenía entre 15 y 18 años me metí a trabajar en las cafeterías como barista, y después ya a las áreas comerciales y de marketing, donde además de aprender mucho de mi papá y de mis otros compañeros de trabajo, pude poco a poco aplicar los estudios de mercadotecnia que a la par llevaba en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). También en el camino empecé a asignarme proyectos para demostrarme a mí y a mi papá que podíamos hacer las cosas diferentes con la empresa y que podíamos seguir adelante con otra visión”, comparte Federico, quien es el más chico de cinco hermanos.

A pesar de que La Flor de Córdoba nació como una empresa familiar, y de que lo es todavía en 2018, como muchas más en la región, Federico ha podido dar forma a un Consejo Directivo que le permite consultar decisiones corporativas y, sobre todo, sumar colaboradores expertos en cada una de las áreas que se operan al interior de la cadena.

“La responsabilidad que tenemos como empresarios está en no descuidar la calidad de lo que hacemos. Nos debemos a nuestros clientes, así que nuestras decisiones están enfocadas en respetarlos a ellos y a cada uno de nuestros 500 colaboradores, quienes al final son nuestra cara”.

Como parte del compromiso que tienen para con quienes son sus colaboradores, Federico Hernández y La Flor de Córdoba han desarrollado un esquema de capacitaciones, cursos y entrenamientos para quienes están interesados en tomarlos, esto para darles mejores herramientas para su desarrollo profesional y personal.

“La oportunidad de crecimiento es algo que buscamos para nuestros colaboradores. Nosotros queremos que las personas con ganas de aprender o de prepararse se capaciten en las áreas que más les gustan, y justo ese es un reto que internamente tenemos como empresa para los siguientes tres años. En el equipo contamos con baristas que empezaron con nosotros en ese puesto y que ahorita son supervisores de zona con 16 tiendas a su cargo; incluso tenemos colaboradores con 15, 25 y 30 años de labores, y a nosotros nos motiva haber sido parte de su desarrollo durante todo este tiempo”, comparte.

Además tanto Federico como su equipo de colaboradores están de fiesta en 2018, ya que se encuentran en el marco del 80 aniversario de la empresa y con la apertura de 15 cafeterías más para los próximos meses.

“Continuaremos con nuestro ideal de ofrecer productos de calidad, de innovar y de estar al día en cuanto a tendencias y necesidades específicas del mercado. Hace 80 años, cuando mi abuelo abrió el expendió del café, ni él se hubiera imaginado que en las cafeterías venderíamos después cafés helados, o los métodos de extracción que ahora nos piden. Trabajaremos siempre en mantenernos en el gusto de nuestros consumidores y en llegar a cada vez más paladares mexicanos”, concluye Federico y se sirve el último trago de café que le queda a la prensa francesa que lo ha acompañado desde el inicio de la entrevista.





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